REFLEXIONES LABORALES

Marzo 2011. En el momento en que estén leyendo esta tribuna habrán pasado ya, aproximadamente, seis meses desde que la reforma laboral, desarrollada en la Ley 35/2010, entró en vigor. Realmente hace más tiempo, con matices, que aquélla viene siendo operativa pues la misma proviene del Real Decreto-Ley que en junio de 2010 el Gobierno unilateralmente promulgó ante la constatada imposibilidad, en aquél momento, de que los agentes sociales alcanzaran acuerdo alguno al respecto en esta materia. Recordar que ello fue el detonante de la huelga general promovida por los sindicatos mayoritarios y que se llevó a cabo a finales de septiembre de ese año.

Por lo tanto ha pasado ya un período suficientemente dilatado como  para poder analizar, de forma práctica, si realmente las modificaciones legales introducidas por la citada normativa están cubriendo, o por lo menos, están contribuyendo de forma activa al fin para el cual fueron implementadas: reducción de la contratación temporal; favorecimiento de la flexibilidad interna en las empresas; potenciación de la contratación de los jóvenes y de las personas desempleadas; etc. … Lo apuntado no son quimeras. Simplemente son  los títulos de los capítulos de la citada Ley 35/2010.

Pues bien, lamentablemente los fríos números estadísticos apuntan claramente que la reforma laboral, hasta el momento, en absoluto ha invertido la dinámica negativa en materia destrucción de empleo – ni me refiero a la flexibilidad interna en las empresas o a la reducción de la tasa de temporalidad por cuanto huelgan mayores comentarios. – Las cifras continúan dando miedo: 4,7 millones de desempleados en enero 2011; en ese mes habían 368.000 parados más que en el mismo de 2009; la tasa de desempleo alcanza ya el 20,3% de la población activa; en el último trimestre de 2010 había un total  de 138.000 ocupados menos que en el mismo período de 2009. No obstante el dato más significativo, por lo que conlleva para el futuro de este país, es el siguiente: el 43% de la población entre 16 y 24 años se encuentra en situación de desempleo. Correlativamente a ello desde el año 2007 a enero 2011 el número de empleados entre 16 y 29 años ha disminuido en 1,8 millones de personas. Es decir, toda una generación que prácticamente estamos perdiendo. Obviamente nadie esperaba que la reforma laboral invirtiera automáticamente la situación tan negativa que teníamos pero signos evidentes de modificación de esta auténtica lacra social en que se ha convertido el paro no se han evidenciado. Es cierto que la destrucción de empleo se ralentiza pero, lamentablemente, ésta continúa produciéndose sin remedio. ¿Cuál es la clave o una de las claves? El necesario crecimiento del PIB en nuestro país. Está constatado que mientras éste no alcance cifras superiores al 2% – la previsión es que hasta el 2015 no lo lograremos –  no crearemos realmente empleo. Actualmente el porcentaje apenas supera el 0,5%.

No me tilden de pesimista. Son datos. Es la realidad que vivimos. Ojala las cifras fueran otras. Es cierto que el mercado, con mayor lentitud de la prevista, empieza a dar signos de recuperación. Básicamente empresas que han hecho los deberes y están exportando sus productos o bien una parte relevante de sus resultados provienen del exterior, están marcando la senda y están tirando de la locomotora económica.

No obstante es una lastima que hayamos perdido tanto tiempo en darnos cuenta de la profunda crisis en la que estábamos inmersos y cualquier medida, por mínima que hubiera sido, no se hubiese implementado con mucha anterioridad.

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