El acoso moral: ¿vale todo?

Los abogados que estamos día a día en los Juzgados de lo Social de toda España pulsamos y advertimos en primera persona qué tipo de reclamaciones judiciales están más en boga en cada momento. En una cena informal que mantuve hace escasos días en Madrid con compañeros, tanto asesores de empresas como sindicalistas, todos convinimos en advertir  el importante incremento que últimamente habíamos notado en las demandas que incluían, directa o indirectamente, alegaciones vinculadas a vulneración de los derechos fundamentales a la integridad moral de los trabajadores. Es decir, constatábamos que habían vuelto con fuerza las reclamaciones por “acoso moral.”

Realmente no es de extrañar pues si tenemos en cuenta el actual momento de, si se me permiten la expresión, “nerviosismo generalizado”al que estamos sometidos todos como consecuencia de la actual situación económica y laboral que estamos viviendo este tipo de reclamaciones, con razón o sin ella, se han incrementado últimamente de forma exponencial.  Lo positivo de todo ello, entiéndase bien lo que pretendo desarrollar, es que en la actualidad la doctrina tanto científica como jurisprudencial ha estudiado en profundidad esta figura y a falta de una definición legal son muchas las sentencias de todo tipo, tanto de las Salas de lo Social de los Tribunales Superiores de Justicia como de la Sala Cuarta del Tribunal Supremo que distinguen perfectamente el real acoso moral de otras figuras o conductas que aunque puedan calificarse como un tanto irregulares distan de la gravedad de aquél.

El típico jefe “cafre”, todavía los hay, que grita a sus subordinados para demostrar que él es el que manda o tensiona el ambiente de un departamento concreto o de una oficina para conseguir un resultado final, evidentemente equivocado en las formas, puede ser un perfecto maleducado y obviamente su forma de entender el liderazgo de un colectivo deja mucho que desear pero no tiene por qué ser calificado como un acosador sin más. El acoso moral es algo mucho más grave y relevante que un comportamiento puntual o una discusión  subida de tono en la vorágine laboral del día a día. Recogiendo las últimas resoluciones a este respecto dictadas por el Alto Tribunal debemos recordar que para encontrarnos ante un verdadero acoso laboral debemos asistir a una conducta continuada, la jurisprudencia viene entendiendo que como mínimo las actuaciones deben haberse desarrollado durante un período de seis meses, proferida por una persona concreta o por un colectivo contra un subordinado, ordinariamente, manifestándose a través de muy variados mecanismos de hostigamiento:  ataques dirigidos a la victima a través de medidas organizativas, bien reducirle sus funciones a la mínima expresión o cargarle con trabajos innecesarios, repetitivos o degradantes; medidas de aislamiento social limitando así el contacto con sus compañeros asignándole una ubicación aislada; ataques directos a la víctima o amenazas. En este tipo de conductas y otras análogas se encuentra el verdadero núcleo del acoso moral. Quien acosa tiene un fin claro y directo y, además, un verdadero plan preconcebido y éste no es otro que expulsar de la organización a un sujeto concreto a través de toda esa serie de actuaciones. Es decir, el acosador pretende dañar directamente, minar psicológicamente al acosado. Sabe perfectamente lo que hace.

En base a todo ello somos los abogados los primeros que estamos obligados a diferenciar un acoso de cualquier otra figura, limitando de inicio demandas injustificadas. Flaco favor se hace al verdadero acosado cada vez que se presenta una reclamación injustificada en este sentido.

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